#Reflexión | «El mal nunca queda sin castigo, pero a veces el castigo es secreto», decía Agatha Christie. Y es cierto: no todo castigo lleva toga ni uniforme, no todo ajuste se dicta en sentencia pública. Un mal padre quizá no enfrente un proceso, pero vive el silencio de un hijo que ya no confía. Un mal juez puede conservar el cargo, pero pierde la paz de saber que falló por miedo o conveniencia. Un mal fiscal puede sostener su acusación, pero carga con la sombra de haber perseguido sin verdad. El castigo más severo no siempre es jurídico; a veces es moral, íntimo, irreversible
Porque el mal tiene consecuencias que no siempre se ven, pero siempre se sienten. El médico indiferente, el padre maltratador, el funcionario corrupto, el amigo traidor o el profesional desleal pueden aparentar éxito; sin embargo, por dentro se erosiona algo esencial: la conciencia. Y cuando la conciencia se resquebraja, ninguna absolución pública la repara; tarde o temprano, ese deterioro termina pasando factura.
La justicia humana puede tardar o incluso fallar; pero la justicia interior y la del destino —esa que no necesita estrados ni testigos— actúa en silencio y sin apelación. Ese castigo secreto suele ser el más largo y el más difícil de soportar, porque, aunque nadie lo anuncie ni lo publique, tarde o temprano llega.
Omar CHAYÑA
Abogado defensor en materia penal y disciplinaria. Especialista en investigación criminal (PNP) y prueba pericial (España). Estudios en investigación delictiva en Estados Unidos (Texas), defensa legal policial (DIRASJUR PNP). CEO de Derecho de Policía. S1 PNP ®. Docente en formación estratégica y técnica.
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