#JusticiaImperfecta | El derecho a la inocencia
La cárcel no siempre encierra culpables; a veces encierra errores, sesgos e injusticias. En una sala, el alivio inunda el rostro de un comerciante cuando el juez sentencia al hombre que, con violencia, le arrebató el sustento de meses; allí, la ley actúa como escudo y restauradora del orden. Pero en el pasillo contiguo, la tragedia se viste de toga: un joven es condenado por un homicidio que no cometió, basándose en un testimonio confuso y una presión mediática asfixiante que exigía un «culpable» a cualquier precio. Esta dualidad nos recuerda que la justicia es una construcción humana y, por tanto, falible; por eso la defensa existe: porque la justicia no es perfecta.
Para entender este equilibrio, debemos mirar la raíz de nuestros conceptos legales. La palabra «culpable» proviene del latín culpabilis, derivado de culpa (falta o negligencia), señalando a quien ha roto el pacto social. En contraposición, «inocente» nace de innocens, que significa literalmente «el que no hace daño». Sin embargo, entre estos dos polos se libra una batalla ética donde la diligencia es el único arma legítima. El juez, el fiscal, el policía y el perito no deben ser meros engranajes de una maquinaria de castigo, sino custodios de la verdad. Su deber de buena diligencia no es una opción técnica, es un imperativo moral: un informe pericial descuidado o una investigación policial sesgada no son solo errores administrativos, son puñales clavados en el corazón de la libertad.
No debe ser tan fácil arrebatarle la vida civil a un ciudadano y confinarlo en un penal bajo el peso de sospechas simples o el clamor de una turba digital. La libertad es un derecho tan sagrado que solo la certeza absoluta, más allá de toda duda razonable, debería ser capaz de doblegarlo. «Es preferible que diez culpables caminen libres a que un solo inocente sufra en prisión», dicta el viejo aforismo jurídico que hoy parece olvidarse ante la sed de castigo rápido. La justicia no es una venganza institucionalizada, sino la búsqueda incansable de la verdad; sin abogados que cuestionen, sin fiscales que duden y sin jueces que resistan la presión social, los tribunales dejan de ser templos de derecho para convertirse en simples antesalas del error.
Omar CHAYÑA
Abogado defensor en materia penal y disciplinaria. Especialista en investigación criminal (PNP), inteligencia policial y prueba pericial (España). Estudios en investigación delictiva en Estados Unidos (Texas). CEO de Derecho de Policía.
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